Autorrelato

AUTORRELATO

Me llamo DIEGO,  soy profesor y escritor o viceversa. Nací como los Hobbits en la Comarca, bueno, en la Comarca de Los Vélez, la zona más al norte de la provincia de Almería, también la más desconocida. Tan lejos vivíamos de la capital que yo fui a Almería por primera vez con 18 años, para examinarme de selectividad.

Mi infancia la pasé en Vélez Rubio, un pueblo de unos 7.000 habitantes, allá por los años 70. Cuando aún existían los lecheros, los fragüeros y cuando los establos de vacas y ovejas estaban en mitad del pueblo y en las casas aún teníamos gallineros y conejeras. Cuando llegaba del colegio, con mi bocadillo de Nocilla me iba a la calle a jugar con los amigos hasta que se hacía de noche. Me hice del Real Madrid, tal vez  porque vivía cerca de la plaza, si hubiera vivido en la parte alta hubiera sido del Barcelona seguramente, como eran los de aquel barrio. Y tenía un amigo del Atlético de Madrid, que me daba mucha pena, porque nunca ganaba y había perdido la Copa de Europa en el último minuto. En 2014 descubrí que yo en el fondo era del Atlético de Madrid sin saberlo, pero esa es otra historia.

Mi padre era un fotógrafo de blanco y negro, que se resistía a las fotos en color. Mi casa tenía la magia de tener un cuarto oscuro y una galería llena de ventanas y cortinas por donde desfilaban gentes de los pueblos y los campos, y muchos dejaban en su rostro la inquietud del éxodo a las ciudades. 

Mi padre amaba el trabajo artesanal del laboratorio y el retoque con lápiz de los negativos, y mientras trajinaba por sus cosas recitaba de memoria frases del Quijote o poemas de Machado. Y ahí empezó todo.

Además, las matemáticas tenían demasiadas incógnitas y demasiados problemas, pero para problemas los de física y química, que me hicieron alejarme también de las ciencias naturales.  Fui siempre bastante torpe en dibujo y en pretecnología; de inglés sé poco porque en el colegio dábamos francés y porque no le hice caso a mi madre cuando me quiso apuntar a una academia. A veces descubro en mí a un profesor de historia y cuando vengo a darme cuenta en vez de hablar de los escritores de la época se me va la mañana hablando de la época de los escritores.

Casi por descarte opté por lengua, pero además tuve una profesora de literatura que cuando recitaba a Garcilaso en mitad del aula era feliz y que sembró ese granito de palabras que fue convirtiéndose en árbol con los años. Por entonces empecé a pensar que estaría bien ser profesor de literatura y recitarles a mis alumnos poemas, aunque algunos decían que eso no servía para nada.

En mi casa teníamos bastantes libros, algunos encuadernados por mi abuelo, y por las tardes había momentos de silencio y flexo donde era habitual leer un rato. Yo prefería la tele, que era en blanco y negro y solo se veía la primera y siempre que no hubiera tormenta. Empecé leyendo Asterix y Simbad con ilustraciones, luego mi hermana me regaló un libro de Mafalda, que al principio no me gustó y luego sí.

El primer libro que me leí —a los catorce años como lectura obligatoria en el instituto— fue El camino de Miguel Delibes, y me dejó honda huella porque Daniel el Mochuelo, el protagonista era un niño de pueblo como yo, que tenía amigos como yo y que se resistía a abandonar su infancia, como yo. 

Después fui un lector intermitente y un verano, aburrido, empecé a leer a Bécquer, el de las rimas y el de los billetes de cien pesetas, aunque mi hermana intentó orientarme por otras lecturas menos románticas y me regaló los cuentos de Cortázar que entonces no los entendí. Luego me gustaron y me abrieron la puerta de otras lecturas. Dejé de leer a Bécquer porque solía producir cierto rechazo en los ambientes universitarios. Cuando empecé a explicarlo en clase redescubrí el ritmo musical de las rimas que ha acercado a la poesía a tantas generaciones.  

En mi sentimentalidad contribuyó Serrat -lo que no entendieron algunos de mis amigos que eran más de Obús- con sus discos sobre poetas y empezó mi afición a Machado y a Miguel Hernández, pero el que que entonces me sorprendió y lo sigue haciendo es Juan Ramón Jiménez.

Contribuyeron también algunos programas de radio que escuchaba en la madrugada, llenos de música, de poesía y de gente extraña: Jesús Quintero —el loco de la colina— y Andrés Aberásturi. Una noche, José Hierro recitó el poema "Signo en el polvo" de Rafael Guillén y entendí que aquellos versos tenían la capacidad de expresar lo que yo sentía, pero no sabía contar. Desde entonces me aficioné a las palabras y decidí estudiar filología. 

En la universidad fui alumno de Luis García Montero y de Miguel d’Ors; y aunque el primero es conocido y está considerado en el ambiente poético como uno de los grandes, a mí me gusta mucho la poesía del segundo, un poeta no tan conocido y del que una vez en Granada, paseando por la feria del libro, me encontré con un poemario suyo, lo compré por 300 pesetas, con la curiosidad de saber cómo escribía mi profesor. Me lo leí al tirón sentado en un banco de un paseo y, cuando terminé, descubrí que había poetas más allá de los que venían en los libros, que estaban casi todos muertos. Espero que cuando de la poesía vayan depurándose los listados de poetas y queden los buenos poemas, entonces resurgirá la poesía de Miguel d’Ors, porque quien se acerca a ella no queda indiferente y cada vez son más los que la van descubriendo.  Una vez le llevé mis poemas y desde entonces mantenemos una amistad epistolar.

También la poesía me permitió conocer a Julio Alfredo Egea, uno de los más importantes poetas de Almería, que me enseñó mucho de árboles y pájaros. Murió, ya mayor, el día que entraba el otoño de 2018.

La poesía me ha llevado a la amistad con hombres y mujeres que comparten y han compartido conmigo esta inquietud contagiosa. Y así, tengo la suerte de conocer en estos últimos años al poeta y matemático Diego Alonso Cánovas con el que hemos viajado más que el baúl de la Piquer por la provincia de Almería y alrededores.

 Mis primeros versos fueron más ecos que voces. Un primer paso de distancia con el relato semiautobiográfico. A los veintisiete años, mientras terminaba la mili tras agotar todas las prórrogas, di por concluido mi primer poemario. Se lo pasé a un poeta que en un acto de sinceridad me dijo que tirara aquellos versos. Yo pensé primero: ¿pero este tío qué se cree? Y cuando se me pasó el cabreo pensé que tal vez tenía razón. Entonces aprendí métrica (que hasta ese momento  y siendo filólogo, no sabía casi nada) y tuve la suerte de conocer en Almería al poeta cubano Alexis Díaz Pimienta, que me enseñó el ritmo del octosílabo en décimas y quintillas de una forma práctica. Luego de tanto leer en clase sonetos de Lope y otros autores clásicos aprendí el ritmo del endecasílabo, que es como subir y bajar una cuesta.  

En más de veinte años escribiendo poesía y conociendo autores en la actividad “Poetas y jóvenes” he ido convirtiéndola en compañera de viaje, como esas canciones que tarareamos y nos acompañan a lo largo de los años. Me gusta lo que una vez dijo Joan Margarit de la poesía, que es un trípode formado por el poeta, el poema y el lector: un poeta que tenga algo interesante que contar y luego sepa convertirlo en palabras en un poema, para que haya un lector que lo recoja y le dé vida haciéndolo suyo, porque “poesía eres tú” cuando lees mis versos y sientes conmigo. Si falla una de las tres patas del trípode podrá haber poetas, podrá haber poemas y lectores, pero no creo que haya poesía. En la mía sobre todo tengo una especie de diálogo tenso con el tiempo; me gusta evocar mi infancia o mi juventud, convertir el poema en fotografía fija de un presente que pasa o inquietarme ante las incertidumbres del futuro. Y como los poetas hablamos de lo que conocemos y vivimos, pues también salen por ahí el amor, la familia, mi oficio de profesor de lenguas vivas y hasta las moscas.

Tras los primeros años de juventud por institutos de Cáceres o de Cádiz llevo ya veintitantos dando clase de literatura (bueno, también de lengua) en Roquetas de Mar, donde vivo. Tengo una vida de la que no me puedo quejar, aunque los poetas solemos quejarnos para que los poemas tomen ese tono nostálgico, y me gusta mirar bien los sitios por donde paso por si de ellos más adelante surgiera algún poema.

Intento que los alumnos no se aburran en clase y aunque disimule se me nota mucho, según ellos, el cambio de cuando explico las oraciones a cuando les hablo del Quijote o de Lope de Vega; todo es cuestión de entusiasmo. Creo que enseñar literatura se parece a aquella canción del marinero que despierta, por su magia, el deseo del conde Arnaldos de conocerla. Es ese el momento de invitarlo a subir al barco y decirle aquello de “yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va”. 

Y siempre reivindico que la expresión poética no la estamos enseñando bien, que la métrica desde la oralidad resuelve tanta normativa compleja del poema escrito y facilita el ritmo en la poesía. Pero, ¿quién tiene tiempo con tantos contenidos en el temario -saberes se llaman ahora- de pararse a escribir poemas medidos y a enseñar bien la métrica como herramienta creativa?

Desde 2004 empecé a escribir algunas obras de teatro, la mayoría nacidas de la observación y de la experiencia del aula, incluso algunos fragmentos en verso. Obras más bien corales, con arreglo a las necesidades del grupo de teatro, y que salvo excepciones nunca he publicado.

En 2022 publiqué el libro LA VENTANA DE LA FOTOGRAFÍA, una colección de veinte relatos, donde aparece LA MARITOÑI, la historia de una alumna sin filtros y con un encanto que me ha permitido visitar varios clubes de lectura para que me pregunten si existe la muchacha. 

Un día escribí una Sextina, a imitación de los poetas provenzales que se complicaban mucho con la métrica, cuando la terminé mis amigos la recibieron con división de opiniones, y por saber si aquello merecía la pena, la envié al Certamen de Poesía Ángel García López (2023)  y por lo visto al jurado le gustó y me dieron el premio. Lo que me anima a terminar el poemario PRIMER NIDO, donde irá incluida.  


La obra cuenta el servicio militar, en el Campamento de Viator, de un soldado, Zacarías Zamora, que ha agotado todas las prórrogas por estudios. Pero detrás de la mili, que se instala en las encrucijadas del joven recluta, hay mucho más: oposiciones, amistad, amor, libros (sobre todo el Quijote y El hobbit); y la reflexión sobre la enseñanza contada desde el presente por un profesor de literatura, que se parece a mí, claro. 

Publicada por el IEA en enero de 2024. Presentada en Almería el 11 de marzo. 

Y si algún día tuviera, como hace la gente del cine —vaya suerte—, que subir a un escenario para dar las gracias, tendría que condensarlo, para no ser pesado, en mi hermana, mis hijos y mi mujer, que me ve venir y sabe estar ahí, al otro lado de la almohada cuando me rayo, como dicen mis alumnos. Y por supuesto, en mi hermano, que a lo largo de su vida me enseñó lo que es querer a los demás sin prejuicios y a vivir con sencillez, como un regalo, y que desde que se fue me tiene la voz tomada.

Diego Reche, marzo de 2024


DIEGO RECHE: profesor y escritor

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